EN LAS DOS MANOS DE DIOS

Dios siempre está cerca, aunque a veces se esconde


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REFRESCANDO LA MEMORIA

REFRESCANDO LA MEMORIA DE SU FE SINCERA- 26-1-2015

2Timoteo 1,1-8
“Pablo, apóstol de Cristo Jesús por designio de Dios, llamado a anunciar la promesa de vida que hay en Cristo Jesús, a Timoteo, hijo querido; te deseo la gracia, misericordia y paz de Dios Padre y de Cristo Jesús, Señor nuestro.”
¿Puede haber un inicio de una carta más hermoso que este? Dificilmente
“Doy gracias a Dios a quien sirvo con pura conciencia….”
“Al acordarme de tus lágrimas, ansío verte, para llenarme de alegría, refrescando la memoria de tu fe sincera, esa fe que tuvieron tu abuela Loide y tu madre Eunice, y que estoy seguro que tienes también tú. Por esta razón te recuerdo que reavives el don de Dios, que recibiste cuando te impuse las manos; porque Dios no nos ha dado un espíritu cobarde, sino un espíritu de energía, amor y buen juicio. No te avergüences de dar testimonio de nuestro Señor y de mí, su prisionero. Toma parte en los duros trabajos del Evangelio, según la fuerza de Dios”

Estas palabras de Pablo, estas “Palabras de Dios”, son tan bellas, tan vivas, tan cordiales, tan entrañables, que resultan muy difíciles de comentar por el riesgo cierto de empobrecerlas con nuestras pobres palabras.

ORACIÓN
Pablo de los gentiles, Pablo de fuego, Pablo de ternura entrañable, de fidelidad a toda prueba, fuerte en el Señor, en quien depositaste tu vida con plena confianza, que tus palabras queden grabadas en mi corazón, refresquen la memoria de mi fe, y reaviven en mí el don de Dios para que su Espíritu me de valor y fuerza para dar razón y testimonio de mi fe.

R.F.

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EL TIEMPO APREMIA

 

EL TIEMPO APREMIA

Qué hacer, hacia dónde dirigirme; en verdad, no lo sé muy bien. Como decía el P. Zezinho en esa preciosa canción:
¿”Qué camino seguir, volver atrás, o quedarme contento con mi suerte”?
A estas alturas de vida, seguir buscando, preguntándome, no deja de ser un indicio de que estoy vivo, que pretendo no dejarme llevar por la costumbre o la inercia de tantos años de ocupaciones y trabajos. Sigo inquieto, continúo esperando con impaciencia, percibo un hondo vacío que no consigo llenar, estoy insatisfecho, no encuentro plenitud en lo que hago, siento la falta de algo definitivo, que siempre he percibido en Dios, en la gracia de la fe, el don más preciado, LA NOTICIA, EL TESORO DE GRAN VALOR, LA PALABRA, JESÚS, a quien no he sabido seguir incondicionalmente dejándolo todo, como hicieron sus pocos amigos, los apóstoles. Mi ser de carne débil, de barro, de polvo, mi hombre pecador, sigue en el trabajo de la conversión, esperando humildemente que un día sea definitiva y total gracias al Espíritu Santo.

Mi mundo, mi ciudad, donde río y lloro, donde estoy atrapado, donde ocupo mis horas, donde se desenvuelven mis ocupaciones y preocupaciones, es la misma Nínive, la ciudad de pecado y frivolidad donde mandó Dios al profeta Jonás a predicar la conversión. Esta palabra de Dios por boca de Jonás es de tanta actualidad que, gracias a Dios, me interpela directamente al corazón y me sobrecoge, urgiéndome a la conversión, porque “se acaba el tiempo”, a la vez que me llena de esperanza en la entrañable misericordia de Dios, que me instruye en sus sendas, para que siga sus caminos con humilde lealtad, como nos dice el salmo.

El tiempo apremia, es la hora de dejar el viejo mundo ausente de Dios, sembrado de ambición y soberbia, de pecado, cuya representación se acaba inexorablemente; final que presentimos con miedo a la nada, con pánico a la disolución, a dejar de ser, si vivimos sin Dios. Creímos por un corto tiempo ser dioses pero alguna certeza nos dice que nos engañamos, por mucho que lo queramos disimular con el bello colorido de las posesiones y los placeres. Cada uno se reconoce, inevitablemente, bajo su propio disfraz. La pregunta nos inquiere desde lo más recóndito de nuestro ser, y de ninguna manera la podemos obviar: “Necio, ¿sabes si verás la mañana?”

“Se ha cumplido el plazo, está cerca el Reino de Dios: Convertíos y creed en el Evangelio”

En un momento dado, en medio de la predicación, junto al lago de Galilea, Jesús, el Maestro, nos llama por nuestro nombre, “sígueme”

R.F.


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EPIFANÍA

 

EPIFANÍA

 

El profeta Isaías nos canta con un maravilloso poema la Epifanía del Señor, Dios se acerca cada vez más y se deja encontrar por todo aquel que busca la luz en su vida con honradez.
O buscamos la luz o la rechazamos; a todos y a cada uno se nos da esta opción enteramente libre; no existen medias tintas, caminar hacia la luz, como los Magos de Oriente, hacia Dios, que viene con la paz, la justicia y la alegría, o hacia la tiniebla, que rechaza a la luz como el rey Herodes, envanecido por la soberbia.

 

Isaías 60, 1-6
La gloria del Señor amanece sobre ti
¡Levántate, brilla, Jerusalén, que llega tu luz; la gloria del Señor amanece sobre ti! Mira: las tinieblas cubren la tierra, la oscuridad los pueblos, pero sobre ti amanecerá el Señor, su gloria aparecerá sobre ti; y caminarán los pueblos a tu luz; los reyes al resplandor de tu aurora. Levanta la vista en torno, mira: todos ésos se han reunido, vienen a ti: tus hijos llegan de lejos, a tus hijas las traen en brazos. Entonces lo verás, radiante de alegría; tu corazón se asombrará, se ensanchará, cuando vuelquen sobre ti los tesoros del mar y te traigan las riquezas de los pueblos. Te inundará una multitud de camellos, los dromedarios de Madián y de Efá. Vienen todos de Sabá, trayendo incienso y oro, y proclamando las alabanzas del Señor.