EN LAS DOS MANOS DE DIOS

Dios siempre está cerca, aunque a veces se esconde


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HALLELUJAH

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DESDE ANTES DE NACER

DESDE ANTES DE NACER

 

Te amo desde antes de nacer
Desde la eternidad te esperaba

Cuando fuiste engendrado
Escogí uno por uno
Los átomos de tu carne
Marcándoles para siempre
Con el sello de mi amor

Mi espíritu traspasaba
Tus células primordiales
Y las bruñía una a una 
Con mi impronta divina
Para que henchidas de gozo
Reverberaran el brillo
De mi gracia inmaculada

Así quise que tú fueras,
Reflejo fiel de mi luz
Mi imagen y semejanza

Velé por ti cada día
En el vientre de tu madre
Hice que vieras la luz
Con dolores y con llanto
Con mi aliento te di fuerza
Con mi gracia, confianza

R.F.

 

 


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DOMUND

DOMUND

 

Sólo oramos de verdad cuando nos presentamos ante Dios tal como somos, sin trampas ni disfraces. Nuestra realidad es limitada y quebradiza, como la de todos los demás. Pero el aliento de esperanza viene de saberse amados por un Dios que no se cansa de regalarnos “su sol” todos los días. Orar es desear, esperar, estar alegres con la presencia de quien sabemos que nos ama tal como somos. Este mensaje de Cristo es para toda la humanidad, sin fronteras de raza, religión o cultura. “A los discípulos de Jesús, cuando van por los caminos del mundo, se les pide ese amor que no mide, sino que tiende más bien a tratar a todos con la misma medida del Señor; anunciamos el don más hermoso y más grande que él nos ha dado: su vida y su amor” (Papa Francisco, Mensaje Domund 16)

(De la entrada de Domingo 30, Compartir en Cristo del  P. Esquerda Bifet)

 

ES TAN FÁCIL

 

Por qué lo complicamos,
¡Si es tan fácil!
Mirarte
Y mirar con tus ojos
Escuchar en silencio
El eco de tus labios
Y hablar con tus palabras.
Reír,
Reír con tu sonrisa
De corazón abierto
Y soñar,
Soñar tus bellos sueños
Cuando el camino es duro
Y se nos hace incierto.

 

R.F.


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DEJAD QUE SE ACERQUEN

ninos-en-basurero

DEJAD QUE SE ACERQUEN

 

Dejad que se acerquen

No se lo impidáis

 

Los niños de la calle

Tus pequeños, tus pobres,

Los que a ti se acercaban

Los que no cuentan

Los que no votan

Los que no dicen nada

Tus pobres niños

 

Nos acusan, no obstante,

 

 Con queda voz sin queja,

Con sordo llanto

Con ojos casi muertos

Que ven pero no miran

Invadidos por moscas

Que se beben sus lágrimas

 

¿Qué padre haría tal cosa?

 

 

Nos han pedido pan

Y solo tienen piedras en sus manos

Nos piden huevos y pescado

Y llenamos sus manos

De ponzoñosas sierpes y alacranes

 

¿Que no somos sus padres?

 

No busquemos excusas

Todos, en verdad, somos

Padres, madres y hermanos

 

Niños de tu cruz

 

No nacidos, gamines, explotados,

Secuestrados, vendidos, maltratados,

Soldados, drogadictos, y drogados,

 Refugiados, huérfanos, vagabundos,

Hambrientos, enfermos, moribundos,

 

Niños de dolor y espanto

 

Los niños basureros, que duermen hacinados,

Que inhalan pegamento, que no saben sus nombres,

Que un día mueren solos, cubiertos de basura,

Que nadie les reclama, que no existen,

 

Los millones de niños inocentes

Que siguen con tu cruz

Y solo tú conoces por sus nombres

Que ni uno solo quedará perdido

Que tú les amas, porque me lo has dicho

Y  yo te  creo, aunque lo entienda a medias

 

Porque Tú eres mi Dios

Y  eres también su Dios

Y sé que son tus preferidos

Son tus niños queridos

Tus pobres predilectos

Tus bienaventurados

 

Son tu rostro, que encuentro en mi camino,

¿Lo amo, lo beso, lo lavo y acaricio?

 

Son tu cuerpo llagado, febril, enfermo,

¿Lo curo y lo refresco?

 

Son tu cuerpo desnudo y aterido,

¿Lo arropo con cariño?

 

Son tus ojos dolientes y cansados,

¿Les miro, al mirarles les amo?

 

Son tu voz angustiada,  que me llama,

¿Les escucho paciente y con agrado?

 

Me duelen tus pequeños, cercanos y lejanos

Que me sigan doliendo en las entrañas

Que les siga teniendo en mí clavados

Que les siga mirando

Que les siga pensando

 

Yo  quiero que me miren

Desde todos los sitios de la tierra

Para que me perdonen

 

Con sus ojos sin lágrimas

Con su mirada triste y apagada

Para que al fin me atreva

A aguantar su mirada

 

Ramón Fernández