EN LAS DOS MANOS DE DIOS

Dios siempre está cerca, aunque a veces se esconde

GRACIAS

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GRACIAS

 

Me habitas, te siento en mí,

Gracias, bendito seas, mi Señor,

Soy feliz.

 

Te quiero conmigo todas mis horas, cuando estoy despierto, y mientras duermo; necesito que veles mi sueño para dormir tranquilo y confiado como un chiquitín en brazos de su madre. Nada más despertar, lo primero, te saludo y me alegro contigo por el nuevo día, te doy gracias por tantas cosas que no puedo ni enumerar, y te pongo al día de mis proyectos y trabajos, en los que quiero que Tú estés.

No sé cómo va a ser, pero Tú tienes que dirigir mi casa; quiero que lo hagas, en todo, quiero que me descubras tu voluntad para cada cosa, en cada momento. Quiero lo que Tú quieras, y sé de antemano que aunque a veces no lo entienda, será lo mejor. Además me fío de ti, y, sobre todo te amo, eres lo mejor que tengo, eres mi felicidad, lo eres todo para mí, porque de ti dependen todos los demás proyectos en los que ando ocupado,  a veces preocupado, y otras  muy feliz.

Me has seducido, no es que me haya dejado fácilmente, soy muy cabezota, pero ahora sí, y lo sé, porque el hecho de decirlo me llena la boca, me hace feliz.

 Pero ahora viene la segunda parte, estoy un poco descolocado, bueno, la verdad es que estoy hecho un lío. Por un lado estoy feliz, tranquilo, confiado. Tú me dirás, lo dejo todo en tus manos. Por otro, no sé qué hacer, ni por dónde empezar.

 Desde el momento en que estás en mí casa, viviendo conmigo, como que no dices nada, me das a entender que debo hacer reforma, y en profundidad; lo noto en tu mirada, y también en tu silencio. Volveré  a diseñar los espacios, que he ido organizando a mi gusto y medida a lo largo de los años, cambiaré los muebles, la decoración, la pintura; haré zafarrancho de limpieza  –sobran tantas cosas-, así que, manos a la obra.

 Tienes que estar bien, a gusto, eres un huésped muy especial, eres el amor con quien he de compartir mi vida, la fuente de donde proceden todos mis amores,  en realidad eres mi dueño, y, aunque no sé muy bien cómo, quiero darte lo mejor.

 Intuyo más cosas, al ir conociéndote.

 Te gustan las puertas abiertas y amplias, para que puedan entrar mis hermanos cuando quieran y lo necesiten.

Te alegra que nos llevemos bien; el rencor te entristece, y, no digamos, el odio, que es lo más parecido a la muerte.

 También tendré que abrir grandes ventanas para que entre la claridad y la luz, que Tú repartes cada día por el Universo. Y también para que salga por las ventanas y lucernarios la luz que Tú irradias cuando estás dentro, y que yo reflejaré un poquito, si Tú estás cerca.

Esto de los amores es un poco loco, y profundo, y complicado también, pero, es tan bonito. Es volver a nacer, es vida siempre nueva, como cada amanecer –nunca repetido-, siempre sorprendente.

 ¿Cómo no vas a ser Tú sorprendente, si has creado el Universo infinito y al hombre por amor?

De todas formas, tiene su complicación hablar del amor, pues las palabras se hunden en un océano de significados, a cual más profundo y maravilloso, emergiendo los distintos matices en las crestas de sus olas, y confundiéndose envueltos en sus blancas espumas.

Cierto que te abro la puerta de mi casa chiquita, de mi corazón, y te invito y te la ofrezco tal como es; pero es mucho más cierto que  Tú  me invitas a tu casa, y me amas y me esperas desde hace tanto, tanto  tiempo…

Preveo grandes cambios, una revolución, que me asusta, lo tengo que ir imaginando poco a poco.

 Es como si, después de un largo sueño, de pronto, despertara en otro planeta. Otro sol, otra luz, otros colores, otro tiempo.

 Primero dudaría si es verdad, o si todo es un sueño.

 Por fin, después de mirar  remirar y toquetear  lo que me rodea, todo nuevo, o, diferente, aceptaría que es real y cierto.

 Al momento, nuevas dudas, ¿no seré yo el distinto? Pues creo que mis sentidos están afectados. ¿Y mi alma? Quizás  también.

 Me pregunto asombrado, casi  con miedo, ¿es tan fuerte, tan grande, tan potente  Tú amor, que me cambia por fuera y por dentro, y me puede llevar a otro planeta?

 Intuyo, aunque no lo entienda, que es  así, y así lo creo con todo mi ser. Es otro planeta al que me llevas, mejor dicho, otro mundo, un mundo enteramente nuevo, el mundo del amor, de la luz, de la salvación, del pan de la  vida, del manantial de agua que salta hasta la vida eterna.

 Y caigo al fin.

 Si todo esto me suena; es LA NOTICIA DE LA SALVACIÓN,  LA BUENA NOTICIA,  revelada desde antiguo. Esa noticia tan maravillosa de paz, que hace “hermosos sobre los montes  los pies del mensajero” que la anuncia.

¡ Cómo se puede estar tan ciego!

 Si todo esto se viene pergeñando desde el Génesis y anunciando de mil formas, a cual más hermosa hasta el Apocalipsis. Si toda la Escritura Sagrada es la más maravillosa historia de amor.

¿Cómo no voy a estar afectado?

¿Cómo no voy a estar enfermo?

Si es amor verdadero,  auténtico, loco, inmenso, arrebatador,  por débil que sea el reflejo de tu amor infinito en mí, claro que me cambia por completo, mi corazón, mi mente, mis sentidos, todos los átomos de mi cuerpo, arcilla modelada  con tus manos de alfarero, vivificada con el soplo de tu aliento.

¿Qué me has hecho, que veo diferente? ¿Cómo es esto?

Te amo con mi pequeño amor, lo confieso, no puedo negarlo. De repente, soy un mar de lágrimas, sin saber exactamente por qué; y a  la vez soy feliz, y siento como nunca he sentido.

A través de mis  lágrimas veo luz, arco iris de colores,  corazones que aman; veo alegría en sus ojos, veo la ternura, la compasión, la misericordia, el perdón; veo también tristeza, angustia, desolación, sufrimiento, negrura, en el fondo abisal  de otros ojos, que me piden ayuda, o, al menos, que les mire, que no aparte  cobarde la mirada.

¡Sorpresa!

Últimamente, todo son sorpresas o sustos contigo; me tendré que ir acostumbrando. Sabes que no estoy para muchos trotes y tengo la vista cansada desde hace años, excusas perfectas para no hacer y para no ver;  pero creo que contigo, como que no cuela. Sorpresa, repito, o milagro, o milagro con sorpresa; tendré que ir acostumbrándome a sorpresas y milagros, que son lo tuyo, pues todo en la vida es un milagro maravilloso.

Pero iba con mi vista cansada. Pues resulta que el amor es “microscópico”, y puedo ver briznas de amor y vida, hasta ahora invisibles. ¡Qué maravilla de paisajes, qué matices, qué formas, qué colores, qué aura de amor rodea a las personas y a todo lo creado! ¿Será…, quizás….., tu reflejo?

¡Hay más! . El amor también es telescópico.

 Sabía que esto se complicaría cada vez más, veremos en qué termina.

 Pues bien, puedo ver y sentir a cualquier distancia el gozo o el sufrimiento.

 Tú, Jesús, viste en la distancia a tu amigo Lázaro, y sentiste su muerte. ¡Qué misterioso eres, a veces! Dijiste a tus amigos que dormía, para que no se asustaran, seguramente.

Yo veo entre lágrimas los ojos de tus pequeños, de tus pobres preferidos, sufriendo asustados, hambrientos, enfermos, desnudos; veo la esclavitud, las guerras,  los odios,  por muy lejos y ocultos que se hallen.

 Me duelen los ojos al mirar, pero no los cerraré; en aquellos ojos están tus ojos, en esos pequeños cuerpos que mueren hambrientos, desnudos, ateridos de frio, sin una caricia ni una palabra de consuelo, en ellos veo la desnudez y el dolor de tu cuerpo clavado en la cruz.

¡No puedo más, estoy otra vez llorando, no puedo seguir!.

 Sabía que era complicado, pero no tanto. Supongo que  esta locura de amor tuya es así, es tu seña de identidad.

 Ya desde antiguo, nuestro Padre Dios, aunque no nos dijera su nombre, sí tenía buen oído y buena vista para escuchar el clamor y ver la opresión de su pueblo, de aquellos a los que amaba.

No callaré. Es fácil decirlo; ya veremos a la hora de la verdad.

 También mi boca cambia con el amor. Si de la abundancia del corazón habla la boca, mi boca no callará. Tantas veces sellada o saliendo del paso por peteneras de forma vergonzante, como Pedro con la criada.

 Mi Dios y Señor, amigo, maestro, dame las lágrimas amargas de Pedro, el humilde arrepentimiento, el reconocimiento de mi debilidad y pequeñez. El abandono incondicional en ti, para nunca más callar, nunca más negarte. Gritar ante todos: ¡Jesús es mi amigo, mi maestro, mi Señor, mi Dios!

 ¡Qué orgullo tenerte como amigo!

Mis labios, mi boca, ¿qué pueden hacer más grande que alabarte, bendecirte,  darte gracias, y pedirte, hasta cuando duermo paciencia y misericordia?

Lo cambias todo… !Qué bien!

 Sabes que te necesitaré muchísimo.

 Estoy tan hecho a las componendas, a ir arreglando por aquí y por allá las cosas a mi medida, y a mi interés, que LA VERDAD, tu verdad, que solo tiene un nombre, amor a Dios,  y un apellido, amor a mis hermanos, tan al desnudo, me asusta un poco.

Pero siempre te me adelantas.

 Para que esto lo entienda un poco, o, aún sin entenderlo por ser muy duro de mollera, lo acepte porque Tú me lo dices, me presentas un matiz del amor que rompe para siempre mis pobres argucias y defensas.

 Te inventas y, además lo patentas con tu ejemplo y con tu sangre: EL PERDÓN, LA MISERICORDIA SIN MATEMÁTICAS, SIN CONDICIONALES, SIN MEDIDA.

 Es el invento más alucinante, pero ya nada me sorprende a estas alturas de ti.

 Setenta veces siete, a los enemigos, siempre.

Te hago caso al fin.

 Lo pruebo.

¡ No me lo puedo creer, me sorprendes de nuevo!.

 ¿Frustración por haber perdonado a quien me hace mal?

 Todo lo contrario:  liberación, paz, felicidad,  al romperse el círculo del odio que encadena y destruye  la vida.

 ¿Quién lo diría?

 ¿Por qué me cuesta tanto hacerte caso?

Tu amor es tan grande que no cabe en una palabra, ni en nuestro pequeño meollo, y tenemos que desglosarlo, para entendernos, AMOR, MISERICORDIA, ESPÍRITU SANTO, PALABRA, LUZ, BELLEZA, PERDÓN, JUSTICIA, PAZ, PAN DE VIDA, AGUA VIVA.

 

Te cuento mi sentir, mi pensar, con toda verdad. Pero me conozco, sé de qué barro estoy hecho. Tengo miedo a fallarte, a mi cobardía, a mi pequeñez y debilidad, sobre todo a mi orgullo.

 Dame humildad y un corazón de carne, cálido y blando, y dolido por mis pecados, y aleja de mí el orgullo.

Te he dejado para el final, pero no me olvido de ti, María.

 Sé que no te importa, y que estás encantada que esté de charla, sin prisas con Jesús, como harás  tú en el cielo, ya sin tiempo.

 Es tu hijo, al que has criado y amado con toda tu alma, y también tu Dios.

¡Tú sí has sabido amarle como nadie!

 Por mí parte, sabes bien que mi barquichuela hace aguas por mil resquicios, enséñame a amarle un poco como tú; échame una mano.

 Que te diga que eres la mejor madre que tengo, a mi madre de aquí le parecerá  muy bien, ¡ya quisiera quererte yo tanto como ella! Está ya mayor, y te ama con locura, no dejes de cuidarla.

 

Soy feliz cuando pienso en ti María.

 Admiro tu fe, tu confianza en dios, tu abandono a Él en las terribles pruebas, tu dedicación y cuidados a Jesús;  me encanta soñar qué pequeñas cosas sencillas y maravillosas harías para Él cada día, con el corazón y la confianza puestos en Dios.

 María, madre, déjame que te felicite sin cansarme nunca.

 Por tu hermosura, no podría ser de otra manera estando tan cerca de Dios, fuente de toda belleza,- le tuviste nueve meses dentro de ti-; por tu fe inquebrantable, por tu colaboración, por tu disponibilidad total, por cada instante de tu vida donado a Dios, por todo ello, Dios te ha hecho feliz, bienaventurada, bendita entre todas las mujeres, llena de gracia, guapa.

 !Cómo presumo de madre!

No me dejes nunca, estaría perdido.

Ramón Fernández

 

 

 

 

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Autor: palabraypoesiarfdez

Disfruto buscando la belleza en la poesía, la literatura, la música y la Naturaleza.

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